martes, 13 de octubre de 2009

El crash de 2008 (3)

La crisis del socialismo europeo.



Desde hace ya años y antes de la crisis neoliberal producida el año pasaod los partidos socialistas europeos atraviesan una crisis extremadamente profunda. Si dejamos de lado el caso de los países nórdicos, donde, en su conjunto, la tradición socialista es muy particular y la conflictividad social menos aguda, o incluso de los partidos socialdemócratas de los países del Este europeo, demasiado recientes todavía para poder ser juzgados por la Historia y sus vecinos, constatamos, con la excepción de España pero con el mismo camino en caida libre según indican todas las encuestra recientes, que en todos los otros lugares -Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia...- los partidos socialistas se enfrentan a una profunda crisis.


En Francia, la crisis comenzó a principios del año 2000 con el fracaso estrepitoso del experimento de la "izquierda plural". La aplicación de una política de recuperación económica en 1997 había sido seguida a partir de 1999 de una política de adaptación liberal contraria al programa inicial. Simbólicamente, este cambio se encarnó en la célebre frase del entonces líder socialista Lionel Jospin -"no puedo hacer nada"- en el momento en que la empresa multinacional Michelin anunció superbeneficios y, a la vez, dejaba en el paro a miles de trabajadores debido a las deslocalizaciones. Ahí es donde el Partido Socialista Francés perdió al pueblo.

Pero hay algo aún más grave: el Partido Socialista Francés no ha visto venir la crisis de la globalización liberal; ha sido sorprendido y desconcertado por la estrategia de Nicolas Sarkozy, quien ha congregado alrededor de un único gran partido liberal-conservador a gentes de derechas, de extrema derecha, de centro y de la izquierda social-liberal. Por último, el PS es incapaz de cerrar filas en torno a un candidato creíble, puesto que ninguno de los/as aspirantes que pelean por las próximas elecciones presidenciales tiene ni la personalidad, ni la profundidad de visión necesarias para derrotar a Nicolas Sarkozy. Esta situación engendra la apatía de las clases populares, la desorientación de las clases medias y el aumento de la abstención electoral.

En Gran Bretaña, el fracaso del blairismo ha quedado simbolizado por la propia marcha de Tony Blair. La famosa Tercera Vía no ha sido en los hechos más que una adaptación sonriente y biempensante del tatcherismo basado en el desmantelamiento de los servicios públicos y la privatización generalizada. Hoy, el Partido Laborista está en caída libre. Durante su último congreso, Gordon Brown propuso un Welfare State (Estado del bienestar) centrado en un "nuevo modelo económico, social y político" y basado en la "regulación del mercado". Pero en ninguna parte del programa se especificaba cómo financiar este Welfare State y, menos aún, cómo convencer a las clases medias que quieren a la vez más Estado del bienestar y menos impuestos.

Al no estar en el euro, Gran Bretaña tiene sin duda mayor libertad para gestionar una deuda pública del 80% y un déficit presupuestario del 12,4%; pero el desempleo (3 millones de personas) aumentará y no vemos cómo podríamos contenerlo sin incentivos fiscales, y, por tanto, sin un endeudamiento creciente.

En Italia, la descomposición de la izquierda socialista se ha producido bajo la forma de un agujero negro que se la ha tragado. La alianza en el seno del PD de los ex comunistas y de una parte de la Democracia Cristiana ha llevado a dos desenlaces fatales: de un lado, a la desa-parición del socialismo político e ideológico del terreno político italiano; del otro, a la apertura desde hace casi 10 años de una amplia avenida electoral para el populismo reaccionario de Silvio Berlusconi. La crisis actual del berlusconismo, en lugar de beneficiar a la izquierda, pone sobre todo en evidencia su impotencia.

En Alemania, el SPD está en crisis desde que Oskar Lafontaine se negó a apoyar en el año 2000 la orientación liberal que preconizaba Gerhard Schröder. El SPD acabó perdiendo las elecciones y aceptando un Gobierno de coalición con la CDU. Acostumbrado a establecer alianzas con la derecha, no ha sabido esta vez sacarle provecho porque ha demostrado ser incapaz de ofrecer un discurso propio y creíble sobre la crisis económica. El caso es que, de momento, es el partido socialista europeo que mayores pérdidas ha sufrido. Además de su división por la creación en la izquierda de Die Linke, ha perdido 10 millones de votos desde 1998, en beneficio tanto de Die Linke como de los Verdes, los Liberales y la CDU.

El SPD alemán comparte hoy con el PS francés la misma crisis de liderazgo, y la elección reciente de Sigmar Gabriel, con fama de centrista sin color ideológico, está lejos de concitar unanimidad.

Este breve resumen permite despejar algunas tendencias de fondo.

En primer lugar, los partidos socialistas occidentales aceptaron en los años noventa adaptarse a la globalización liberal (bautizada como tercera vía o cultura de gobierno) no sólo sin ofrecer un proyecto alternativo a su electorado central (clases medias y clases populares), sino también sin sacar todas las consecuencias ideológicas de esta elección.

Con ello, han ganado sin duda en eficacia gubernativa, pero han mutilado gravemente su propia identidad. De ahí la paradoja actual: son arrastrados por la crisis del liberalismo mientras que la derecha liberal no duda en aplicar las recetas tradicionales del Welfare State para hacer frente al temporal. Dicho de otra manera, la derecha se muestra más pragmática que la izquierda, la cual, después de haber perdido su identidad socialista, ha creído plenamente en las virtudes del social-liberalismo.

En segundo lugar, en todas partes de Europa occidental, los partidos socialistas no saben cómo reaccionar ante la tendencia a la "derechización" de la sociedad, que es el resultado de la inestabilidad creada por la desregularización económica y social de estos últimos años y que se encarna en una fuerte demanda de seguridad (social, económica e identitaria), y en una vuelta a los nacionalismos. Estas dos tendencias de fondo, que podemos observar en todas partes, expresan en realidad una grave crisis de identidad de la socialdemocracia: ya no tiene ningún proyecto específico. Así que la victoria del liberalismo en estos últimos 15 años no sólo ha sido económica; ha sido también y, sobre todo, ideológica y cultural.

La izquierda ya no tiene ni conceptos, ni métodos, ni visión para entender el mundo y actuar. Tiene cada vez más dificultades para diferenciarse cualitativamente de la derecha. Además, esta falta de proyecto no puede ser enmascarada por una retórica de defensa de los "valores". Porque si la izquierda sigue creyendo en sus "valores" (de solidaridad, igualdad, libertad y tolerancia), también sabemos desde hace mucho tiempo que los invoca tanto más fácilmente en la oposición cuanto que, a menudo, se olvida de ellos cuando está en el gobierno.

Los partidos socialistas están enfrentados de este modo a un dilema trágico: o se inventan un nuevo programa o perecerán lentamente. ¿Qué hacer ante la crisis de la mundialización liberal? ¿Qué hacer ante el rechazo del que es objeto la Europa liberal? ¿Qué hacer ante el escepticismo y el alejamiento de las clases populares y medias? El proyecto de un nuevo Welfare State europeo, más necesario que nunca, depende de las respuestas que los partidos socialistas sean capaces de dar a estas preguntas.

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